divendres, 9 de setembre de 2016

36 años después de la Cruzada de Alfabetización


Regreso a Waslala: reencuentro con mis papas
  Mi niña linda”, me dice doña Francisca, mientras me besa y yo me refugio en sus brazos. “¡Juan, mire, ya vino la Gravielita!”
      Gabriela Selser 27 de agosto 2016
9 de julio de 2016. Es sábado y llueve. Inicio mi viaje hacia el Norte con la idea de llegar hasta Waslala, en busca de una familia en cuyo hogar alfabeticé hace 36 años. No he visto a mis papas campesinos en mucho tiempo, pero hemos hablado por teléfono. A sus hijos, hijas y nietos, varios de ellos ahora profesionales, los reencontré navegando en las trochas y recodos de Facebook.
Llevo conmigo una copia en papel bond de mi libro “Banderas y harapos”, que pronto estará impreso. Ojalá doña Francisca y don Juan puedan leerlo y puedan bajar a Managua para acompañarme en la presentación, pienso, mientras un bello paisaje de neblina y montañas azules vuelve a desfilar frente a mis ojos.
  Dejamos atrás la ciudad de Matagalpa y emprendemos un trayecto de casi 120 kilómetros al pie de la cordillera Isabelia, bordeando prácticamente la frontera entre los departamentos de Matagalpa y Jinotega. El paisaje obliga a detenerse para tomarle fotos al impresionante macizo de Peñas Blancas, con picos de hasta 1.700 metros de altura y en cuyas laderas casi desnudas de árboles se extienden vorazmente los cultivos de frijol. El hombre como plaga…
Estos cerros coronados de nubes son parte de Bosawás, la reserva de biosfera de 8.000 kilómetros cuadrados que, según el científico ambientalista Jaime Incer Barquero, habrá desaparecido en quince años si no se frena ya la tala y el negocio despiadado y brutal de la madera.
Después de pasar por El Tuma-La Dalia, un conocido “puerto de montaña”, atravesamos Rancho Grande, que luce igual de pobre que hace tres décadas. El pavimento acaba poco después, dando paso a un tortuoso camino de macadam erosionado por la lluvia. Las filosas piedras puntiagudas asoman amenazantes bajo las llantas y obligan a reducir al mínimo la velocidad.
Los caminos de la Cruzada
Por estos mismos caminos transitó el pesado camión que nos trajo a estas hermosas montañas, aquella tarde de marzo de 1980, un día antes de mi cumpleaños número diecinueve. Éramos solamente bultos somnolientos rebotando sobre el piso helado. Adolescentes, felices, todo nos daba risa y nos creíamos dueños del mundo. Cantábamos “Josefana va” sin conocer el significado de aquellas palabras tan rurales: cayuco… pipante… pepena… socolar. Yo solo sabía que esa muchacha iba a alfabetizar… ¡Igual que nosotros!
Volvería a esta zona un año después de la Cruzada de Alfabetización para visitar a mi familia, y regresaría nuevamente en 1984, cuando ya convertida en periodista me tocó cubrir un operativo del legendario Batallón de Lucha Irregular (BLI) “Simón Bolívar” en las selvas de Cerro Verde, Cerro Blanco y el Algodón.
Aquella tarde, a bordo de un helicóptero MI-8 del ejército sandinista que también trasladaba heridos y muertos, divisé desde el aire a mi querida comunidad de San José de las Casquitas convertida en cenizas. Por suerte, los González Aráuz se habían salvado; los reencontré viviendo en un solar en el pueblo de Waslala…
En Las Casquitas, como le llamábamos para abreviar, quedaba la finca “El Paraíso”, donde doña Francisca Aráuz y don Juan Ramón González Zeledón criaban a sus nueve retoños y me aceptaron sin reparos como una décima hija durante los seis meses que duró la campaña educativa, en la que enseñé a leer y escribir a mis papas y a cuatro de mis nuevos hermanos.
Fui yo la brigadista que les tocó en suerte y para todos comencé a ser “la Gravielita”, esa que hablaba con un extraño acento argentino, que temía a los insectos y que ilusamente cayó en la broma de sus compañeras de escuadra cuando le hicieron creer que los nacatamales brotaban de los árboles, con todo y mecatitos. La misma que se atrevió a preguntar en la reunión semanal de alfabetizadoras por qué razón los siete chanchos de la casa la esperaban sonrientes junto a la trocha, meneando sus colitas, mientras ella hacía sus necesidades tras los matorrales…
Sí, realmente don Juan tuvo mucho trabajo: me enseñó a montar en mula, a rajar troncos para leña y a calcular la hora con sólo ver la posición del sol, tal y como él lo hacía con picardía, golpeteando su dedo índice sobre la muñeca izquierda, aunque no tenía reloj.

Font: http://niu.com.ni/regreso-a-waslala-reencuentro-con-mis-papas/